Antes
de que se impusieran las grandes religiones monoteístas, la mujer
tuvo un destacado papel religioso.

En
el Antiguo Egipto también había multitud de sacerdotisas,
comenzando por la propia reina. Un ejemplo claro sería la famosa
Nefertiti, esposa de Akhenatón, el faraón que inició
una revolución religiosa para imponer el culto a Atón.
Ella fue la máxima sacerdotisa de esta divinidad masculina que se
impuso en el cénit de la dinastía XVIII y acabó provocando una
grave crisis política. Como gran sacerdotisa, Nefertiti
debía
intentar estar siempre atractiva,
porque una de sus obligaciones rituales era, según el egiptólogo
Cyril Aldred, “mantener al dios en estado de perpetua excitación”.
La
presencia de las sacerdotisas se
extendería hasta Cartago,
donde servían a la diosa Tanit, patrona de la ciudad-estado, y
llegaría también a Grecia y Roma. En esta última cultura destacan
las famosas sacerdotisas vestales, consagradas a la diosa del hogar
Vesta.
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