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STÉPHANE FRÉDÉRIC HESSEL (1917 – 2013): COMPROMISO CON LA DIGNIDAD HUMANA


Pensador, escritor, diplomático y resistente franco-alemán, de familia adinerada, creció rodeado de artistas y tuvo una educación elitista. Combatió a los nazis y sobrevivió a un campo de concentración. Era el último padre vivo de la Declaración de los Derechos Humanos de 1948.
Su carrera discurrió por el campo de la literatura, la diplomacia y de forma muy especial por la política en sus expresiones más activas. A su muerte dejó un legado calificado por sus seguidores de "visionario y lúcido" que sigue movilizando a la juventud.
Es autor del popular manifiesto “¡Indignaos!”, un manifiesto político publicado en Francia en 2010 y que, en palabras del autor, “exhorta a los jóvenes a indignarse”, anima a los jóvenes a la movilización para conseguir un mundo viable.
¡Comprometeos!” es otro de sus libros escrito junto a Gilles Vanderpooten, publicado en marzo de 2011 en Francia. Se trata de una entrevista entre Hessel, de 93 años y Vanderpooten, de 25 años, sobre los derechos humanos, la lucha contra la desigualdad y por la ecología. Hessel muestra su preocupación por la diferencia inconmensurable entre las fuerzas políticas y los jóvenes así como la degradación del planeta y el medio ambiente como uno de los mayores desafíos para la movilización de la generación más joven.
En España de Hessel se han editado, además de ¡Indignaos! y ¡Comprometeos!, ¡Mi baile con el siglo!, ¡El camino de las esperanza! y ¡En resumen, o casi!, donde el agitador de conciencias aborda los temas de la indignación y sus límites, la compasión, el amor, la admiración, la resiliencia, la reivindicación de la dignidad, la fuerza de las palabras, el compromiso político o la democracia para transmitir a las nuevas generaciones que es preciso luchar a diario por recuperar la dignidad y por construir las bases de un futuro común más justo y accesible para todos.
En su última obra Déclarons la paix!, publicada en Francia, dialoga en 48 páginas, con el Dalai Lama sobre la manera en qué se puede hacer cesar la intolerancia y la violencia que están "desgarrando" el siglo XXI, que incluye un llamamiento, entre otros, a la reforma de las Naciones Unidas.
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MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS ROSALES (1899 – 1974), PREMIO NOBEL DE LITERATURA 1967


Poeta, narrador, dramaturgo, periodista y diplomático guatemalteco considerado uno de los protagonistas de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Precursor de la renovación de las técnicas narrativas y del realismo mágico que cristalizaría en el posterior «Boom» de la literatura hispanoamericana de los años 60, con su personalísimo empleo de la lengua castellana construyó uno de los mundos verbales más densos, sugerentes y dignos de estudio de las letras hispánicas.
Según Albízurez Palma, un exhaustivo estudioso de la trayectoria de Asturias, "Como poeta lírico, ha dejado constancia de sus ricas posibilidades en variedad de creaciones, algunas de temas íntimos, otras vinculadas a temas folclóricos, otras políticos, otras con sugestiones mágicas, barrocas y de sorprendente fuerza imaginativa. Como dramaturgo, creó un teatro tocado por el realismo mágico, denso en significación humana y de notable poderío verbal. Como narrador, Asturias alcanzó su máximo prestigio. Sus novelas y cuentos revelan una apasionada y subjetiva captación de la realidad en diversas facetas: la tragedia de las dictaduras, el mundo mágico del indígena, el mundo de magia y ensueño de la niñez, las tradiciones de Guatemala; en sus novelas asoman los influjos entremezclados de diversas tendencias, movimientos y corrientes literarias".
Su primer libro importante es Leyendas de Guatemala (1930), conjunto de relatos entre lo mágico y lo legendario que apareció en París con un prólogo de Paul Valéry, y que pertenece a su primer ciclo junto con las novelas El Señor Presidente (1946) y Hombres de maíz (1949).
El Señor Presidente tiene como asunto la vida en Guatemala durante la dictadura de Estrada Cabrera; el tema del dictador se desarrolla con un estilo riquísimo y una técnica expresionista y onírica que refleja la influencia de las vanguardias europeas. Sobre esta novela dijo el autor: "a través de mi piel se filtró el ambiente de miedo, de inseguridad, de pánico telúrico que se respira en la obra". En Hombres de maíz se puede ver el realismo mágico que subyace en toda su creación literaria. Representa, además, una consideración acerca del desarrollo de la humanidad desde una sociedad primitiva, analfabeta, y desde el mundo actual, liberal y capitalista.
En el género del cuento escribió además Week-end en Guatemala, (1955), El espejo de Lida Sal (1967) y Tres de cuatro soles (1971). Junto a las novelas mencionadas merece destacarse su trilogía sobre la explotación bananera llevada a cabo por las compañías yanquis: Viento fuerte (1950), El Papa verde (1954) y Los ojos de los enterrados (1960). Completan su obra narrativa El alhajadito (1961), Mulata de tal (1963), Maladrón (1969) y Viernes de dolores (1972).
En teatro merecen citarse Soluna (1955), La audiencia de los confines (1957), Chantaje (1964) y Dique seco (1964). En poesía, Anoche, 10 de marzo de 1543 (1943), Sien de alondra (1948), Ejercicios poéticos en forma de soneto sobre temas de Horacio (1951), Alto en el sur (1952), Bolívar, Canto al libertador (1955), Nombre custodio e imagen pasajera (1959) y Clarivigilia primaveral (1965). En ensayo, El problema social del indio (1923), Arquitectura de la vida nueva (1928), Carta aérea a mis amigos de América (1952) y Latinoamérica y otros ensayos (1968).
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HENRI BERGSON (1859 – 1941), CIENCIA, RAZÓN Y FE


Filósofo y teólogo francés, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1927. En su filosofía destaca su enfoque vitalista y espiritualista, siendo el núcleo de su filosofía el concepto de "duración" tanto del hombre como de la toda la realidad. Entre sus obras más conocidas están La risa, sobre la significación de lo cómico, y La energía espiritual de 1919.
Llamado “el filósofo de la intuición”, Bergson buscó la solución a los problemas metafísicos en el análisis de los fenómenos de la conciencia. En el terreno filosófico, reactualizó la tradición del espiritualismo francés y encarnó la reacción contra el positivismo y el intelectualismo de finales de siglo.
En un primer momento Bergson quiso perfeccionar las teorías de Herbert Spencer, pero al pretender semejante tarea se topó con lo que se convertiría en el problema central de su pensamiento: la cuestión del tiempo. El tiempo real, vivido, no puede entrar en las fórmulas de las ciencias, porque éstas se interesan solamente en lo que es susceptible de medida. Esto indujo a Bergson a modificar su programa y a entregarse al estudio de todos aquellos modos de ser que escapan a la medida y a la ciencia, y que exigen un modo de conocimiento distinto. Se separaba así del positivismo para adentrarse en la "filosofía de la intuición". Dejaba también el camino de la explicación por medio de las matemáticas para intentarlo a través de las ciencias biológicas, psicológicas y sociológicas, manteniendo el mismo respeto hacia la experiencia. Siempre con base en este "respeto por la experiencia", Bergson se propone una descripción de los estados de conciencia aprehendidos directamente mediante la introspección, y contra la psicología experimental positivista, que pretende poner en relación los datos internos de la conciencia con los hechos físicos externos.
Ahora bien, los hechos psíquicos se viven en una dimensión distinta a los hechos físicos. Por ejemplo, el tiempo vivido por la conciencia es una duración real en la que el estado psíquico presente conserva el proceso del cual proviene y es a la vez algo nuevo. Todos los estados de la conciencia se compenetran y dan vida a una amalgama en continua evolución. Además, la ciencia (y el sentido común) choca contra dualismos irresolubles: materia-espíritu, extensión-pensamiento, necesidad-libertad.
Este problema lo afronta en su libro Materia y memoria. La memoria pura y espiritual es la que caracteriza la vida profunda de la psiquis. Lo que limita nuestra conciencia total es el cuerpo, y más concretamente el cerebro, imponiendo el olvido de algunos conceptos. El cerebro es un órgano de traducción y de unión: por un lado traduce la actividad de la conciencia en movimientos, y por otro vincula la conciencia a la realidad exterior. El cuerpo tiene como función esencial "limitar, con vistas a la acción, la vida del espíritu", pero el espíritu antecede y trasciende al cuerpo, lo empuja más allá del presente y del pasado hacia el futuro; lo reabsorbe en el interior de su propia duración. La materia, por lo tanto, se explica mediante unas ciertas vibraciones equivalentes entre sí. Cuanto más se desciende en el interior de nuestro espíritu, tanto más aumenta la tensión y disminuye la homogeneidad de los movimientos.
En su escrito Introduction a la métaphysique desarrolla ampliamente este concepto, diferenciando las duraciones más distendidas y uniformes (propias de la materialidad, de las cuales se ocupan los procedimientos de las ciencias), y las más intensamente cualitativas, que tienden al límite de una concentración total, la "eternidad de vida", (propias del objeto de la metafísica). La metafísica penetra en el fondo, invirtiendo la dirección natural del pensamiento con un acto de conocimiento interior que Bergson llama intuición. La intuición es esa simpatía mediante la cual uno se inserta en la interioridad de un objeto para coincidir con lo que éste tiene de único. Con la intuición, Bergson encuentra un método cognoscitivo contrapuesto al método científico y adaptado al objeto que la ciencia , por su propia naturaleza, deja fuera.
Sobre estas bases, Bergson afronta el tema de la evolución en su libro L´évolution créatrice que, como nos muestra la experiencia, afecta también al universo. Comienza rechazando el modelo de Spencer (determinismo) así como el evolucionismo finalista, ya que ambos niegan la espontaneidad y la novedad del proceso real. La evolución de la realidad es "ímpetu vital" (élan vital), acción que continuamente se crea y se enriquece. La vida natural crece como un haz de estrellas, como un fuego de artificio que se bifurca al estallar en varias direcciones.
La primera bifurcación del ímpetu vital da lugar a la distinción entre el animal y la planta. La planta detiene muy pronto su propia evolución; el animal, sin embargo, se proyecta más allá, gracias al movimiento y al instinto, en varias direcciones, algunas de las cuales resultan fecundas, y otras no. El instinto produce sus propios instrumentos orgánicos, pero en ellos mismos establece su límite. La inteligencia humana, sin embargo, es capaz de construir sus propios instrumentos inorgánicos, como para colmar una insuficiencia del instinto natural.
La inteligencia coloca al hombre en el camino de la conciencia y del concepto, de modo que pueda responder mejor a sus necesidades vitales. Por ello construye "formas vacías", categorías y esquemas (y sobre todo el lenguaje, al que no llega el animal). La más alta expresión de la abstracción se halla en la ciencia, cuyo instrumento es el intelecto, y cuyo procedimiento característico es el análisis. Pero el intelecto no es el único medio de expresión de la inteligencia. Ésta se expresa también en el instinto acompañado de la conciencia. Esa vuelta al instinto desinteresada y consciente de sí, es lo que Bergson llama "intuición". La intuición se convierte en el órgano de un real conocimiento participativo que se expresa en el arte, si va dirigido a lo individual, y en la metafísica, si se refiere a la totalidad de la vida en su ímpetu vital.
El principal aporte de Bergson al arte lo constituye la doctrina de la intuición, pues gracias a ella el hombre es capaz de plasmar en imágenes, no menos que en pensamientos, la esencia profunda, indivisible y, como tal, inefable, de la realidad. El artista, como el filósofo, se expresa no tanto mediante el lenguaje, cuanto a pesar del lenguaje.
Enlazando con el "ímpetu vital" que ha llevado al mundo a su evolución, Bergson constata que la naturaleza ha orientado al hombre hacia la evolución social, lo mismo que a las hormigas o a las abejas. Pero los logros del hombre no están predeterminados como los de aquéllas, sino que dependen de su inteligencia y de su voluntad. Lo que más acerca al hombre al impulso creador, es precisamente la moral y la religión. Pero hay que distinguir una doble moral: la cerrada, que es una moral de hábitos, que la comunidad inculca en sus miembros para su autosupervivencia, y que rige solamente para los miembros de esa comunidad, y una moral abierta, incluso de amor, que no conoce límites, que se extiende a todos los hombres, e incluso a todo lo creado.
Las dos fuentes de la moral y de la religión son, pues, la presión social y el impulso del amor. La diferencia entre ellas no es gradual, sino cualitativa. En la práctica, sin embargo, ambas van juntas: la primera presta a la segunda algo de su carácter obligatorio, y la segunda, algo de su impulso. A la sociedad cerrada corresponde una religión de mitos que trata de frenar los excesos de los hombres. Es propia de las sociedades antiguas, estáticas, supersticiosas y violentas.
Con la llegada de la ciencia y de la industrialización, preparadas por la gran revolución espiritual del cristianismo, se posibilita para el hombre una sociedad abierta, dinámica, democrática y no violenta. No ignora Bergson los efectos negativos acarreados por el progreso tecnológico, pero ello se debe a que el hombre ha sustituido al gozo creador por la búsqueda del placer. La técnica debería ser un instrumento de liberación para todos, en lugar de ser una continua fuente de guerras e incluso un peligro de autodestrucción.
Bergson opone a este sombrío panorama un nuevo salto evolutivo de la especie, en un nuevo misticismo que, propulsado por la fuerza del la intuición y de la técnica se traduzca en amor "universal y activo". La mística, dice Bergson, llama a la mecánica, y la mecánica a la mística, es decir, la mecánica reclama un "suplemento del alma" capaz de domeñar las fuerzas excepcionales desencadenadas por la inteligencia del hombre. Sólo de esta forma podrá desarrollarse "la función social del universo, que es una máquina para hacer dioses".
La enseñanza de Bergson fue continuada en el Collège de France por E. Le Roy, quien acentuó la interpretación utilitarista de la ciencia, y difundió las ideas de Bergson en el ámbito de la reforma religiosa del modernismo. Su influencia se extendió también al campo de las artes y de las letras. No se puede hablar de escuela bergsoniana, pero sí del fenómeno cultural del "bergsonismo".
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FRÉDÉRIC CHOPIN (1810 – 1849), REFINAMIENTO ESTILÍSTICO Y ELABORACIÓN ARMÓNICA


Compositor y pianista polaco. Si el piano es el instrumento romántico por excelencia se debe en gran parte a la aportación de Frédéric Chopin: en el extremo opuesto del pianismo orquestal de su contemporáneo Liszt (representante de la faceta más extrovertida y apasionada, casi exhibicionista, del Romanticismo), el compositor polaco exploró un estilo intrínsecamente poético, de un lirismo tan refinado como sutil, que aún no ha sido igualado.
Ciertamente son pocos los músicos que, a través de la exploración de los recursos tímbricos y dinámicos del piano, han hecho «cantar» al instrumento con la maestría con qué él lo hizo. Y es que el canto constituía precisamente la base, la esencia, de su estilo como intérprete y como compositor.
Hay que añadir la propia personalidad del músico, que si bien en una primera etapa cultivó las formas clásicas (Sonata núm. 1, los dos conciertos para piano), a partir de mediados de la década de 1830 prefirió otras formas más libres y simples, como los impromptus, preludios, fantasías, scherzi y danzas.
Sus obras no buscan tanto la brillantez en sí misma como la expresión de un ideal secreto; música de salón que sobrepasa los criterios estéticos de un momento histórico determinado. Sus poéticos nocturnos constituyen una excelente prueba de ello: de exquisito refinamiento expresivo, tienen una calidad lírica difícilmente explicable con palabras.
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EUGENE O’NEILL (1888 – 1953), 4 PREMIOS PULITZER Y PREMIO NOBEL DE LITERATURA


Dramaturgo norteamericano, ganador en cuatro ocasiones del premio Pulitzer y del Nobel de Literatura en 1936, en su obra refleja los problemas y emociones del ser humano. Es el introductor del realismo psicológico y dramático en el teatro estadounidense.
Su juventud aventurera no sólo le suministró las primeras experiencias a utilizar en las obras con que se dio a conocer, sino que le valió también para enfrentarle con los problemas que plantea el contraste entre el destino y la naturaleza del hombre y que constituyen el centro de su obra, entendida no en sus relaciones humanas, sino en las relaciones entre el hombre y algo que puede llamarse Dios o Hado.
En general, sus obras cuentan con personajes que viven en los márgenes de la sociedad y que luchan por mantener sus esperanzas y aspiraciones, aunque suelen acabar desilusionados y cayendo en la desesperación. Explora las partes más sórdidas de la condición humana.
Considerada en su conjunto, su obra se nos aparece desigual por su mismo carácter experimental debido a un temperamento fundamentalmente poético, que ha buscado a menudo un modo de expresión violentando la forma misma del arte dramático hasta triturarlo. No obstante, ese temperamento poético impregna los dramas de O'Neill de una sustancia humana y de pensamiento que hace de él el más importante de los dramaturgos de los Estados Unidos, el iniciador de un auténtico teatro norteamericano y el primero que alcanzó, en el nuevo continente, una resonancia internacional, que le fue reconocida con la concesión del Premio Nobel.
Tal vez su obra más conocida sea A Electra le sienta bien el luto.
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