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LA MÚSICA ELECTRÓNICA NACIÓ HACE 106 AÑOS


Clara Rockmore (1911 – 1998), pionera de este estilo musical, que inspiró a los Rolling Stones y a Alfred Hitchcock.

Una mujer que nació hace exactamente 106 años, y que alcanzó notoriedad por su habilidad para tocar un extraño instrumento llamado theremin, convirtiéndose así en la primera pionera de la música electrónica.
El theremín fue inventado en 1919 por el soviético Lev Termen, y es el único instrumento del mundo que, para tocarlo, no hace falta tener contacto físico con él. Consiste en una caja con dos antenas, y se toca acercando y alejando la mano de cada una de las antenas correspondientes. La antena derecha suele ser recta y en vertical, y sirve para controlar la frecuencia o tono: cuanto más cerca esté la mano derecha de la misma, más agudo será el sonido producido. La antena izquierda es horizontal y con forma de bucle, y sirve para controlar el nivel de volumen: cuanto más cerca esté la mano izquierda, más baja el volumen.
Y, la mujer que nos ocupa, Clara Rockmore, se convirtió en la más famosa intérprete de este peculiar instrumento. Comenzó a tocarlo en 1928 y se esforzó por intentar que alcanzara un reconocimiento similar al del piano o los violines. Para ello, no dudó en interpretar piezas de ilustres y reconocidos compositores como Bach, Chopin, Schubert o Saint-Saëns.
Su figura y su música ha inspirado a grupos cómo Led zeppelin y los Rolling stones, e incluso fragmentos de la banda sonora de la Película recuerda de Alfred Hitchcock.


The Rolling Stones
Homenajearon a Clara Rockmore usando el theremin en el álbum Their satanic majesties request.


Led Zeppelin
Incluyeron el sonido de este instrumento en su canción Whole lottla love.


Recuerda
Miklos Rózsa, el compositor de la banda sonora de Recuerda, la célebre película de Alfred Hitchcock, usó el theremin para crear el extraño sonido que escuchaba en su mente el perturbado personaje interpretado por Gregory Peck, cada vez que veía el color blanco.
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JUANA DE ARCO CAMBIA EL CURSO DE LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS

El 8 de mayo de 1429 Juana de Arco libera el sitio de Orleans (Francia), modificando por completo el rumbo de la Guerra de los Cien Años.
La batalla de Orleans o sitio de Orelans fue uno de los enfrentamientos más destacados en Guerra de los Cien Años. En él, una joven campesina francesa de 17 años de edad llamada Jeanne d'Arc (Juana de Arco), lideró en mayo de 1429 el Ejército francés en la guerra de los Cien Años, liberando la ciudad de Orleans, asediada por los ingleses desde el mes de octubre.
Según ella, oyó "voces" de los santos cristianos que le decían que ayudara a Carlos VII de Valois a ganar el trono francés y expulsar a los ingleses de Francia. Convencida de su misión divina, el propio Carlos le proporcionó un pequeño ejército que, consiguió entrar sin oposición por la puerta oriental gracias a un despiste de los ingleses. Continuó dirigiendo la carga durante una serie de escaramuzas y batallas y, a pesar de ser alcanzada por una flecha, volvió al frente tras curar sus heridas. Finalmente, el 8 de mayo, el asedio de Orleans acabó y los ingleses ordenaron retirada.
En un alarde de valentía, la joven Juana de Arco decidió seguir conduciendo a las fuerzas francesas contra los ingleses. Continuaron varias semanas de increíbles victorias sobre los ingleses. Al poco tiempo la misión divina de Juana de Arco concluyó satisfactoriamente al ver que Carlos VII era coronado rey de Francia.
Sin embargo, al año siguiente fue capturada por soldados Bourguignon quienes no se lo pensaron dos veces y la vendieron a los ingleses. Su sentencia llegaría poco después. Fue juzgada por herejía y brujería y quemada en la hoguera en Rouen el 30 de mayo de 1431.
Juana de Arco fue beatificada y canonizada en 1920. Para Francia, la joven y aguerrida forma parte de uno de los nueve santos patronos secundarios del país.
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¿DE DÓNDE VIENE LA PALABRA CÓNCLAVE?

El término procede del latín y hace referencia al encierro y aislamiento total al que los cardenales se someten a la hora de votar al próximo Sumo Pontífice que dirigirá la Iglesia Católica.
Un cónclave son palabras mayores para la religión católica. Cuando la Iglesia, los medios y la sociedad empiezan a pronunciar esa palabra implica que está próximo un momento muy importante en el funcionamiento de la fe católica y que es muy probable que las cosas cambien bajo un nuevo director de orquesta que mueva la batuta. El término cónclave encuentra sus raíces en los términos latinos cum y clavis que, al unirlos, significan literalmente “con llave” o “bajo llave”. Este se usa para referirse a la reunión a puerta cerrada que los cardenales de la Iglesia Católica celebran cuando hay que elegir a un nuevo sucesor de san Pedro que se siente en el trono del Vaticano y se convierta en el Sumo Pontífice, cabeza de la Iglesia.
Dada la importancia del cargo, pues quien dirige la Iglesia Católica tiene un gran poder tanto dentro de la misma como a nivel internacional, la reunión se celebra a puerta cerrada y bajo unas condiciones de máximo y estricto aislamiento con el fin de que ningún interés externo pueda influir en la elección del nuevo papa. La primera vez que se aisló a los cardenales para que tomaran esa decisión fue por iniciativa del propio pueblo romano (no olvidemos que el papa, en realidad, es el obispo de Roma) y no sería hasta el siglo XIII (las fechas varían mucho según los documentos, cuando los cónclaves nacerían como tal y empezarían a regularse.
Las características del cónclave no se establecieron de un día para otro, sino que fueron cambiando y ampliándose con el tiempo. Así, por ejemplo, se estableció que solo los cardenales menores de 80 años en el momento del cónclave podrían votar, que sería necesaria una mayoría de dos tercios para que el resultado fuese aceptado (ampliado después a mayoría simple) o que el lugar de celebración del cónclave sería la Capilla Sixtina, en el propio complejo del Vaticano. En 1996, Juan Pablo II modificó la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis para prohibir la proclama por aclamación, un método antiguo en el que los cardenales debían elegir al candidato al unísono sin necesidad de votar en secreto.
El cónclave no tiene una duración límite como tal. Uno de los más cortos fue el de Julio II, que apenas duró dos horas, y uno de los más largos el de Gregorio X, que duró tres años y fue en el que se encerró a los cardenales al margen del mundo por primera vez. Para evitar este tipo de situaciones, Juan Pablo II estableció que si después de siete escrutinios no había ningún candidato con los apoyos suficientes se realizaría una nueva votación entre los dos candidatos más votados (los cuales perderían el derecho al voto, claro está) en la que sería suficiente una mayoría simple.
Cuando un candidato es elegido se le pregunta si acepta el cargo como Sumo Pontífice y, en caso afirmativo, con qué nombre quiere ser conocido. Entonces se procede a dar la noticia al mundo a través de la fumata blanca (sería negra si el cónclave no hubiera llegado a un acuerdo) en la que se queman todos los votos y las notas tomadas durante el encierro. Hay que recordar que los cardenales hacen un juramento de no revelar qué sucede o qué se debate en el cónclave y, aunque en la actualidad cada vez se saben más cosas, el secreto sigue manteniéndose en gran medida. El que no lo respetó, curiosamente, fue Pío II, papa del siglo XV que en sus memorias detalló con lujo de detalles los aspectos primordiales del cónclave en el que fue elegido.
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CLUB DE LECTURA “GINEX – LIBRIS”


Este mes leemos “Operación dulce” de Ian McEwan.
Inglaterra, 1972. En plena Guerra Fría la joven estudiante Serena Frome es reclutada en Cambridge por el MI5. A partir de ese momento nada en su vida será lo que parece. Cada verdad oculta una mentira y detrás de cada lealtad se agazapa una traición.
La misión que le encargan es crear una fundación para ayudar económicamente a novelistas prometedores, pero la verdadera finalidad es generar propaganda anticomunista. Y en su vida dominada por el engaño entra Tom Haley, joven escritor del que acabará enamorándose. Hasta que llega el momento en que tiene que decidir si seguir con su mentira o contarle la verdad, y será entonces cuando acaso se sabrá quién está engañando a quién.
Esta deslumbrante novela se organiza como un ingenioso y perverso juego de muñecas rusas que atrapa y sorprende al lector con sucesivas vueltas de tuerca en las que realidad y ficción se funden y confunden. El autor se sirve de una trama de espionaje con toques de thriller para construir una historia en la que indaga el choque entre la lealtad y la traición, el amor y la redención, la honestidad y el engaño, la literatura y la realidad.
Con esta narración de extraordinaria sutileza psicológica y precisa arquitectura, de trama trepidante y momentos de fina ironía, lan McEwan demuestra una vez más que es un maestro consumado del arte de la novela.
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¿DE DÓNDE VIENE LA PALABRA PONTÍFICE?

Usada como otra forma de referirse al papa, el término pontífice proviene del latín y el cargo deriva de las autoridades religiosas existentes en los tiempos de Roma.
A los papas, además de por el nombre de su cargo y por el que ellos mismos eligen en el momento de asumir el cargo, se les suele conocer por una amplia variedad de títulos y “apodos”: santo padre, sucesor de san Pedro, cabeza de la Iglesia, vicario de Cristo, obispo de la Iglesia y obispo de Roma, patriarca universal, siervo de los siervos de Dios, primado de Italia, soberano del Estado de Ciudad del Vaticano o Sumo Pontífice. De todos estos nombres, puede que el último sea uno de los que más llame la atención dado que “pontífice” parece un término más próximo al mundo de la ingeniería que al de la religión.
Pontífice es un término procedente del latín pontifex y etimológicamente significa “constructor de puentes”. El uso de este término para referirnos al líder de la Iglesia Católica persigue un significado simbólico en el que el puente del que hablamos seria un puente entre Dios y el hombre, entre el Cielo y la Tierra y el papa sería esa figura o punto de unión que conectaría ambos mundos. Pero lo cierto es que el término no tiene su origen en la religión católica, sino que era empleado en tiempos de la Antigua Roma para designar a los altos sacerdotes y a las personas responsables de vigilar las prácticas religiosas, fueran públicas o privadas. A su líder se le conocía como pontifex maximus y, para diferenciarse de sus homólogos paganos, a los papas se les llamó pontifex summus (sumo pontífice).
Muchos expertos y estudiosos encuentran un nuevo sentido a la metáfora de los puentes en tiempos de Roma, ciudad que se erige junto al río Tíber. Los romanos y etruscos veían en el Tíber a un dios, una fuerza de la naturaleza a la que solo unos pocos elegidos podían vigilar y molestar. Estos elegidos eran formados en las costumbres y designios divinos y se reunían en el Collegium Pontificum, donde rendían cuentas a su líder el pontifex maximus, posición que el propio rey de Roma solía ostentar. El número de pontífices varía a lo largo del tiempo, pasando de seis a dieciséis, y sus funciones van moviéndose desde lo puramente religioso (supervisar las fiestas y ceremonias, manifestar la voluntad o designios de los dioses, etc.) a estar cada vez más influidos por la política y los intereses individuales. Como los pontífices elaboraban el calendario distribuyendo las fiestas y pudiendo añadir o quitar días, se hizo muy común una práctica por la que el año se alargaba o acortaba para mantener o quitar a una persona concreta de su puesto como cónsul. Julio César revirtió este descontrol nombrándose él mismo pontifex maximus y creando el calendario juliano.
Ya en los tiempos del imperio, Octavio Augusto asume el cargo de forma definitiva y también la responsabilidad de elegir a los pontífices que le acompañarían. Esta nueva medida perduraría en el tiempo y asentaría el carácter político del cargo, que poco a poco iría abandonando su aspecto religioso y perdiendo importancia. Con la expansión y legalización del cristianismo, el título de pontifex maximus sería adoptado hasta convertirse en lo que conocemos en la actualidad.
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